Estoy buscando...:

6 abr. 2017

Lenin y las huelgas obreras (extractos de “Sobre las huelgas” –1899)

¿Cuál es el significado de las huelgas (o paros) en la lucha de la clase obrera? Para responder a esta pregunta debe­mos reparar primero con más detalle en las huelgas. Si el salario del obrero se determina -como hemos explicado- por un convenio entre el patrono y el obrero, y si cada obrero por separado es en todo sentido impotente, resulta claro que los obreros deben necesariamente defender juntos sus reivin­dicaciones, recurrir a las huelgas para impedir que los patronos rebajen el salario o para lograr un salario más alto. Y, en efecto, no existe país capitalista alguno en el que no estallen huelgas obreras. En todos los países europeos y en América, los obreros se sienten impotentes cuando actúan individual­mente; sólo pueden oponer resistencia a los patronos si están unidos, bien declarándose en huelga, bien amenazando con ésta. Y cuanto más se desarrolla el capitalismo, cuanto más se multiplican las grandes fábricas, cuanto más son desplazados los pequeños capitalistas por los grandes, tanto más imperiosa es la necesidad de una resistencia conjunta de los obreros, porque se agrava la desocupación, tanto más se agudiza la competencia entre los capitalistas, que tratan de producir las mercancías lo más baratas posible (para lo cual es preciso pagar a los obreros lo menos posible), y tanto más se acentúan las oscilaciones de la industria y las crisis. Cuando la industria prospera, los fabricantes obtienen grandes beneficios y no piensan en compartirlos con los obreros; pero durante las crisis tratan de cargar las pérdidas sobre los obreros. La necesidad de las huelgas en la sociedad capitalista está tan reconocida por todos en los países europeos que allí la ley no las prohíbe; sólo en Rusia siguen vigentes las bárbaras leyes contra las huelgas (de estas leyes y de su aplicación hablaremos en otro momento).
Pero las huelgas, que son determinadas por la naturaleza misma de la sociedad capitalista, significan el comienzo de la lucha de la clase obrera contra esa estructura de la sociedad. Cuando con los potentados capitalistas se enfrentan obreros desposeídos que actúan individualmente, ello equivale a la total esclavización de los obreros. Pero cuando estos obreros desposeídos se unen, la cosa cambia. No hay riquezas que puedan reportar provecho a los capitalistas, si éstos no encuentran obreros dispuestos a trabajar con los instrumentos y los materiales de los capitalistas, y a producir nuevas riquezas. Cuando los obreros se enfrentan individualmente con los patronos, siguen siendo verdaderos esclavos que trabajan siempre para un extraño por un pedazo de pan, como asalariados siempre sumisos y silenciosos. Pero cuando proclaman juntos sus reivindicaciones y se niegan a someterse a quien tiene bien repleta la bolsa, entonces dejan de ser esclavos, se convierten en hombres y comienzan a exigir que su trabajo no sólo sirva para enriquecer a un puñado de parásitos, sino que permita a los trabajadores vivir como seres humanos. Los esclavos empiezan a presentar la reivindicación de convertirse en dueños: trabajar y vivir no como quieran los terratenientes y los capitalistas, sino como quieran los propios trabajadores. Las huelgas infunden siempre tanto espanto a los capitalistas precisamente porque comienzan a hacer vacilar su dominio. “Todas las ruedas se detienen, si así lo quiere tu brazo vigoroso”, dice sobre la clase obrera una canción de los obreros alemanes. En efecto: las fábricas., las fincas de los terratenientes, las máquinas, los ferrocarriles, etc., etc., son, por decirlo así, ruedas de un enorme mecanismo: este mecanismo extrae distintos productos, los elabora, los distribuye adonde es menester. Todo este mecanismo lo mueve el obrero, que cultiva la tierra, extrae el mineral, elabora las mercancías en las fábricas, construye casas, talleres y líneas férreas. Cuando los obreros se niegan a trabajar, todo este mecanismo amenaza con paralizarse. Cada huelga recuerda a los capitalistas que los verdaderos dueños no son ellos, sino los obreros, que proclaman con creciente fuerza sus derechos. Cada huelga recuerda a los obreros que su situación no es desesperada y que no están solos. Véase qué enorme influencia ejerce una huelga tanto sobre los huelguistas como sobre los obreros de las fábricas vecinas o próximas, o de las fábricas de la misma rama industrial. En tiempos normales, pacíficos, el obrero arrastra en silencio su carga, no discute con el patrono ni reflexiona sobre su situación. Durante una huelga, proclama en voz alta sus reivindicaciones, recuerda a los patronos todos los atropellos de que ha sido víctima, proclama sus derechos, no piensa en sí solo ni en su salario exclusivamente, sino que piensa también en todos sus compañeros, que han abandonado el trabajo junto con él y que defienden la causa obrera sin temor a las privaciones. Toda huelga acarrea al obrero gran número de privaciones, terribles privaciones que sólo pueden compararse con las calamidades de la guerra: hambre en la familia, pérdida del salario, a menudo detenciones, expulsión de la ciudad donde se ha acostumbrado a vivir y trabajar. Y a pesar de todas estas calamidades, los obreros desprecian a quienes abandonan a sus compañeros y entran en componendas con el patrono. A pesar de las calamidades de la huelga, los obreros de las fábricas vecinas sienten entusiasmo siempre cuando ven que sus compañeros han iniciado la lucha. “Los hombres que resisten tales calamidades para quebrar la oposición de un solo burgués sabrán quebrar también la fuerza de toda la burguesía”, decía un gran maestro del socialismo, Engels, hablando de las huelgas de los obreros ingleses. Con frecuencia, basta que se declare en huelga una fábrica para que inmediatamente comience una serie de huelgas en otras muchas fábricas. ¡Tan grande es la influencia moral de las huelgas, tan contagiosa es la influencia que sobre los obreros ejerce el ver a sus compañeros que, aunque sólo sea temporalmente, se convierten de esclavos en personas con los mismos derechos que los ricos! Toda huelga infunde con enorme fuerza, a los obreros, la idea del socialismo: la idea de la lucha de toda la clase obrera por su emancipación del yugo del capital. Es muy frecuente que, antes de una gran huelga, los obreros de una fábrica o de una industria o una ciudad cualquiera no conozcan casi el socialismo ni piensen en él, pero que después de la huelga se extiendan cada vez más entre ellos los círculos y las asociaciones, y sean más y más los obreros que se hacen socialistas.
La huelga enseña a los obreros a adquirir conciencia de su propia fuerza y de la de los patronos; les enseña a pensar no sólo en su patrono y en sus compañeros más próximos, sino en todos los patronos, en toda la clase de los capitalistas y en toda la clase de los obreros. Cuando un fabricante, que ha amasado millones a costa del trabajo de varias generaciones de obreros, rechaza el más modesto aumento del salario e incluso intenta reducirlo todavía más y, si los obreros ofrecen resistencia, pone en el arroyo a miles de familias hambrientas, entonces resulta claro para los obreros que toda la: clase de los capitalistas es enemiga de toda la clase de los obreros, y que los obreros pueden confiar sólo en sí mismos y en su unión. Ocurre muy a menudo que un fabricante trata de engañar a todo trance a los obreros, de presentárseles como su bienhechor, de encubrir la explotación de sus obreros con una dádiva cualquiera, con promesas falaces. Cada huelga destruye siempre de un golpe todo este engaño, mostrando a los obreros que su “bienhechor” es un lobo con piel de cordero.
Pero la huelga abre los ojos a los obreros, no sólo en lo que se refiere a los capitalistas, sino también en lo que respecta al Gobierno y a las leyes. Del mismo modo que los patronos quieren hacerse pasar por bienhechores de los obreros, los funcionarios y sus lacayos se empeñan en convencer a los obreros de que el zar y su Gobierno  se preocupan de los patronos y de los obreros por igual, con espíritu de justicia. El obrero no conoce las leyes ni se codea con los funcionarios, y menos aún con los altos, por lo que frecuentemente da crédito a todo esto. Pero estalla una huelga, se presentan en la fábrica el fiscal, el inspector de trabajo, la policía y a menudo las tropas, y entonces los obreros se enteran de que han violado la ley: ¡la ley permite a los fabricantes reunirse y discutir abiertamente cómo reducir el salario de los obreros, mientras que éstos son tildados de delincuentes por tratar de ponerse de acuerdo! Desahucian a los obreros de sus viviendas, la policía cierra las tiendas en que podrían adquirir comestibles a crédito y se trata de azuzar a los soldados contra los obreros, incluso cuando éstos mantienen una actitud serena y pacífica. Se llega a dar a los soldados la orden de abrir fuego contra los obreros, y cuando matan a trabaja­dores inermes, disparando contra ellos por la espalda, el propio zar manifiesta su gratitud a las tropas (así lo hizo con los soldados que en 1895 asesinaron a huelguistas de Yaroslavl). A todo obrero se le hace claro que el Gobierno zarista es su enemigo jurado, que defiende a los capitalistas y maniata a los obreros. Comienza a comprender que las leyes se dictan en beneficio exclusivo de los ricos, que también los funcionarios defienden los intereses de los ricos, que al pueblo trabajador se le amordaza y no se le permite expresar sus necesidades, y que la clase obrera debe necesariamente luchar por el derecho de huelga, de publicar periódicos obreros y de participar en una asamblea representativa popular, encargada de promulgar las leyes y de velar por su cumplimiento. A su vez, el Gobierno comprende muy bien que las huelgas abren los ojos a los obreros, y por ese motivo les tiene tanto miedo y se esfuerza a todo trance por sofocarlas lo antes posible. Un ministro alemán del Interior, que adquirió particular fama por su enconada persecución de los socialistas y los obreros conscientes, declaró no sin motivo, en una ocasión, ante los representantes del pueblo: “Tras cada huelga asoma la hidra (monstruo) de la revolución”. Con cada huelga crece y se desarrolla en los obreros la conciencia de que el Gobierno es su enemigo y de que la clase obrera debe prepararse para luchar contra él, por los derechos del pueblo.

El texto completo: https://es.scribd.com/document/344321530/Sobre-Las-Huelgas

31 ago. 2015

--la fruta--

El domingo me desperté con unos latidos raros. Había soñado que caminaba por todos lados con un hombre. Caminaba, corría, tomaba café. Salimos a la vereda de su casa. En toda la cuadra había arboles, "yo mismo los planté y los fui cuidando" me dijo. Me acerqué a uno de los arboles y acaricié una fruta que colgaba seductora en una rama. "¿Es de las amargas que ilusionan a los pobres y hambrientos?" le pregunté, riendo. Me dijo que no, que eran todas dulces, para que quien lo necesitara se sirviera de cada árbol.
No puedo explicar lo que sentí; era casi como encontrar un amor que se había buscado por mucho tiempo. Pensé en la fruta todo el día.
Ese hombre eras vos. Porque si lo que haces no es plantar arboles de fruta carnosa y dulce para calmar el hambre y la sed bajo su sombra, no sé que es.

14 ago. 2015

--Las bicicletas--

Vi una, dos, tres.
Vi uno de a pie.
Dos motorizados,
de nuevo tres.
Todos con el mismo apuro
y el mismo sudor
presagio de la caldera.

Vi querer sin poder.

Vi cuatro, cinco, seis,
y más, mucho más prestas,
brazos prontos al esfuerzo,
bolsillos vacíos, livianos,
llegando tarde al turno.

Entonces me volví.

Vi al dragón echando humo
tras los portones oxidados
¡De no ser por el humo!
¡De no haberlas visto caer!
Tal vez podría engañarme
más sé que no duerme.

Vi todo desde mi sitio.

Sabiendo que lo había visto antes,
a través de un vidrio y con hambre.
Había tenido otra cosa en la panza
pero devoraba a los hombres igual.
Me permití otra primera vez.
Pedí un poco de luz
para distinguir las sombras.
Para reconocer.
No paraba de pensar,
no podía no leer.

Tenía el secreto en mi mano.

La extendía
como había hecho otro
antes de mí,
como lo hará otro después.

Seguía las bicicletas
que rodaban,
dejando atrás la calle,
atravesando el portón,
todo con la mirada.

Una, dos, tres
voluntades de escapar
sin una estrategia segura.
En mis manos las armas primas
listas para disparar.

Son una, dos, mil,
voluntades de pelear,
con ese querer poder,
con la caldera en las entrañas.

Las bicicletas buscan el día
en que venzan la gravedad,
para poder rodar
por un suelo horizontal.

12 ago. 2015

--into the revolution--

"Si el cielo que vemos
temblara y cayera
y las montañas se derrumbaran en el mar
no lloraría
no derramaría ni una lágrima
si vos te quedaras conmigo
quedate conmigo.
...
Cuando estes en problemas
¿no te quedarías conmigo?
Quedate conmigo!"
(Los Beatles - Stand by me)
    Yo estaba lejos de todos los planes que habían hecho para mí hacía mucho tiempo, con la luz de una estrella como único abrigo y alimento. Marchaba como parte de una familia que dibujaba su camino con el corte quirúrgico del machete y el paso perseverante que da la urgencia de justicia. Tenía amigos pacientes y perfectos. Tenía historias de novios que entraban y salían de mi vida a su tiempo, que dormían en mi cama pero no soñaban conmigo. Mis ambiciones ya no nacían si no era atadas a otros millones de destinos. Tenía algunos libros, un estilógrafo, y los diarios del partido.
    Andaba así, sin muchas más cosas que esas. Vivía mi propia versión de "Into the wild", que era más precisamente "Into the revolution". Y sigo así.
    Yo no tenía horóscopo y capaz que por eso nada me había anticipado que dando vuelta una esquina del camino que elegí iba a encontrar algo que no buscaba. Y en la vereda del Río Traful, tras cortar el aire denso, nos vimos los dos. Estabamos enredados en el hilo rojo que ata el arado a la estrella. Algo que tenía guardado pero que no había sentido antes hizo que se me cayeran las palabras en un solo temblor; era el efecto de descubrirte así, tan compañero.
    Ese día (y todos los días anteriores) yo no estaba buscando a nadie. Yo no te estaba buscando a vos. Pero ahora que te encontré...

2 mar. 2015

Los fantasmas existen

Me resisto un poco, pero lo creo. Hay algo que no vemos y no nos ve, pero a veces por un accidente nos enfrentamos. Tal vez todo sea algo más terrenal, no sé. Lo pienso, pero no con pretensiones científicas.
La cosa es que los fantasmas existen. Hoy vi el de Estela por ejemplo. Mi relato será simple (aunque puede que no sea muy sensato, y sí muy infantil).
Esta mañana fui a una asamblea de trabajadores. Hace un mes temía que tendría que estar en una marcha o alguna cosa así; era temor de estar sola en esa multitud, digo, no otra cosa. Eran cientos de personas pululando en Club Cuyaya, charlando, repartiendo volantes, cantando. Un solo monstruo espectante.
Pasaron oradores, aplausos y gritos de aliento. Vi a un camarada agarrar el micrófono. Quise adivinar su discurso, pero fallé. No redundó en lo mucho que se caga de hambre el pueblo, ni en la miseria de los comedores donde se hace el esfuerzo de dividir la pobreza, ni sobre la concentración de la tierra en manos de pocos y dañinos parásitos, ni en como nos mastican los imperialismos. Nombró a Estela, y asoció su nombre a la muerte. Ese era mi temor: que se reafirmara su partida.
Le agradezco a mi camarada, porque ahí vi el fantasma de Estela. Rugía. Entendí a qué le tienen miedo los patrones: a la furia bien apretada de los hombres y mujeres que se miran a los ojos y se dan cuenta que venian muriendo de hambre y de frío, o de enfermedades del trabajo y la edad, o incineradxs, torturadxs, partidxs por una bala, desde un tiempo ejemplar Aún sabiendo que son castigados desde antes de nacer, no se ven condenados. Agarrando fuerte una estrella abren el camino, con la certeza de que los sueños son algo en que creer. Y resisten.
Tiemblo ante ese momento de claridad. Puedo asegurar que la esperanza de los que quieren ser felices se acumula y nunca se pudre ¡Ah! ¡Y que los fantasmas existen!

18 feb. 2015

--sin título hasta nuevo aviso--

    No voy a guardar la expresión de tu cara cuando ves algún Dios.

  Pondré a prueba todos tus cuentos; no dejaré que caiga sobre ellos ni uno de mis cabellos. Voy a creer que todo es mentira.

   Voy a nombrar a todos mis amores y amantes. Inventaré un par.

  Voy a ocultar que te encontré en una risa o en la mismísima punta de mis dedos.

   No escucharás ni la mitad de mis pensamientos.

   Dejaré las mejores trampas para otros juegos. No te enseñaré trucos nuevos.

  No matarás ni un dragón por mí. Voy a sostener fuerte mi estrella, me salvaré a mí misma. Mi necesidad de vos será tan distinta de las acotumbradas, que nunca la vas a satisfacer.

  Mis ojos van a conocer y reconocer cada lugar al que pueda escapar. Los tuyos también.

  Voy a preferir el sabor del tabaco y el alcohol. Cuando los odie...

  No me quedaré viendo como te alejas hasta perderte, ni dudaré al hacer girar la llave para encerrar mis impulsos.

  Me voy a repetir que todo es ilusión, y que ilusión es el tormento.

  Tendré todo escrito, así, para no olvidar mi misión.

  Voy a hacer un montón de cosas. Lo que sea con tal de creerme que logré esquivar tu gualicho.

16 feb. 2015

Soldado que huye de la guerra.

Me cuido de vos, porque sé que cuando jugamos hacemos trampa. Avanzo y retrocedo, reformulando la estrategia y decidiendo que hacer con vos -de mí- en cada momento. Te quiero, te extraño, te amo, en manos del enemigo son una ventaja. No les daré libertad facilmente, tal vez porque esas palabras-alarma serían la señal para escapar.

Me hundo en lo que deseo: llegar a vos un día, con las heridas del mundo, y encontrar en tu voz y tus cuentos un descanso. Caigo queriendo un beso que me dé el alivio del indio hambriento que descubre a su disposición el monte y el río.

En la boca guardás un arma blanca. No me matás, así que me cuido de vos. No la escondes, ni quiero que lo hagas. Tenés un arma. Algo tiembla cuando mostrás los dientes.