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14 ago. 2015

--Las bicicletas--

Vi una, dos, tres.
Vi uno de a pie.
Dos motorizados,
de nuevo tres.
Todos con el mismo apuro
y el mismo sudor
presagio de la caldera.

Vi querer sin poder.

Vi cuatro, cinco, seis,
y más, mucho más prestas,
brazos prontos al esfuerzo,
bolsillos vacíos, livianos,
llegando tarde al turno.

Entonces me volví.

Vi al dragón echando humo
tras los portones oxidados
¡De no ser por el humo!
¡De no haberlas visto caer!
Tal vez podría engañarme
más sé que no duerme.

Vi todo desde mi sitio.

Sabiendo que lo había visto antes,
a través de un vidrio y con hambre.
Había tenido otra cosa en la panza
pero devoraba a los hombres igual.
Me permití otra primera vez.
Pedí un poco de luz
para distinguir las sombras.
Para reconocer.
No paraba de pensar,
no podía no leer.

Tenía el secreto en mi mano.

La extendía
como había hecho otro
antes de mí,
como lo hará otro después.

Seguía las bicicletas
que rodaban,
dejando atrás la calle,
atravesando el portón,
todo con la mirada.

Una, dos, tres
voluntades de escapar
sin una estrategia segura.
En mis manos las armas primas
listas para disparar.

Son una, dos, mil,
voluntades de pelear,
con ese querer poder,
con la caldera en las entrañas.

Las bicicletas buscan el día
en que venzan la gravedad,
para poder rodar
por un suelo horizontal.

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